
Sobre
el cielo un sudario de muerte, la Tierra estaba condenada. Aquello había venido
desde la pura abstracción y se había hecho materia, muy cabreada y hambrienta,
al conocer que había algo más que su mismidad. A los primeros en venir antes de
Él, el misticismo judío los llama “sephiroth”
y la filosofía árabe los describe como una procesión de inteligencias,
emanaciones sutiles movidas las unas por las otras en una relación de atracción
que culmina en Dios. Son éstos ángeles, pensamientos puros que, en la
consciencia de sí, hacen inteligible el mundo.
Primero
cayeron los grados inferiores, uno a uno, sobre el mar y los bosques del Japón
y tanto la geometría como la aritmética ya no nos fueron nunca más
comprensibles. Para cuando la última Esfera, la del Trono, se había cernido
sobre el Sistema Solar, el ser humano ya había dejado por completo de
conceptuar, perdido en la infinitud del múltiple darse del fenómeno; sin
conceptos empíricos, sin categorías, sin la acción del intelecto que limita y
actualiza en formas la materia, el pensamiento se había hecho indistinto del
Mundo entero. Dios era ya sólo un vacío imposible, un puro acto de desear
engullirlo todo, un pantóvoro.